Como amante de las historias presumo que todas tienen –o deberían tener– un origen al cual remitirse. Un kilómetro cero, real o imaginario, generalmente una ficción, que nos ancle en la búsqueda de sentido. Narrar es eso antes que nada y después de todo.
La idea de ofrecer servicios editoriales se empezó a gestar en mí en el fugaz verano londinense de 2014, mientras escribía mi trabajo final de maestría. Buscando opciones para que mis víctimas de ocasión no padecieran (tanto) la lectura de un inglés precario, me sorprendí con la cantidad de servicios de edición de textos que había encontrado en el Reino Unido.
Esa experiencia plantó la semilla comercial del proyecto, un origen sin demasiada originalidad. Ese es el punto iniciático que recuerdo (o que escogí) a partir del cual pensé que algún día, quizás, podía dedicarme a ayudar a otros a escribir (un oficio que hipotetizo algo menos antiguo que la propia escritura). Pero esa epifanía de poca monta tenía, por supuesto, antecedentes que hablan más de la originalidad de este proyecto –en su acepción etimológica de una cualidad vinculada a un nacimiento– que del origen.
Siempre he sentido un placer íntimo con las palabras. Elegirlas. Construir enunciados dentro de un universo amplio de posibilidades. Pensar dónde, cómo, qué, cuánto, para qué: crear ese universo. Y en algún momento también me dí cuenta que, además de remitir a mi propia producción, esa satisfacción se extendía al conectarme con la de los otros. Enfrentarme a un texto, entenderlo, pensarlo, procurar mejorarlo. Resolverlo, como si fuera un enigma. Crear a partir de lo que hay. A eso podría llamarse originalidad, un evento que pocas veces tiene el privilegio de lo novedoso. Porque siempre estamos partiendo de algún lugar, seamos conscientes de ello o no.
Dije antes que narrar es buscar –o más bien construir– sentido. Es detener el tiempo para ordenar en paralelo un mundo interno y externo. Lo mismo me sucede con el otro eje de este proyecto: la investigación. Investigar también me remite a cierta ilusión de llegar a un origen. Es construir un entramado de sentidos y, en algunos casos, de revelaciones que le agregan entendimiento a este tiempo pasajero sobre la faz de la tierra.
Habrá que entender que estas actividades no están libres de riesgos.
El que investiga, no importa qué, lo impulsa el anhelo de ver la luz (llegar a algún lado, si existe tal cosa) tanto como habitar el proceso de la oscuridad. Desenterrar aquello que permanecía oculto, más no sea para uno mismo. Es el placer comprobado de conectar puntos e hilar mientras se va desenredando una trama.
El que escribe puede ser víctima de su propia mano si lo hace con honestidad y con entrega, es decir, sin el pudor de quien se siente amenazado por sus propias ideas.
Este proyecto se sustenta en un sentir personal que me conecta con la escritura y la investigación. Es todos los orígenes que he transitado.
