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General

Por qué contratar a un escritor en tiempos de Inteligencia Artificial

Por Martín Natalevich

En notas periodísticas, espacios de reflexión académica y charlas con gurús tecnológicos que se proponen problematizar el uso de la Inteligencia Artificial es posible anticipar, debido a su recurrencia, el latiguillo del comienzo: alguien anuncia que se le ha preguntado algo a GPT. Más allá de la cuestión lúdica del asunto, iniciar una conversación sobre lo que dice la máquina para hablar sobre la máquina se asemeja más a un lugar común que a un acto de creatividad. Quizás esa ya sea una buena razón por la que alguien quisiera contratar a un escritor o a un editor para que lo asista en la era de la IA. 

No soy lo suficientemente tonto para negar las virtudes de la máquina: tiene una escritura satisfactoria evaluada prácticamente desde cualquier parámetro. Su uso puede lograr eficiencias que no se consiguen por otro medio y, fundamentalmente, puede ser una excelente solución para aquellas personas que no les guste escribir. (Porque no todos tenemos este gusto por la escritura).

Pero si lo que se quiere es escribir, si lo que realmente se quiere es escribir, no encuentro ningún estímulo para usar IA. En primer lugar porque la escritura es necesariamente una forma de pensamiento. Este proceso de elección de palabras, de construcción de frases, de puntuación y armado de párrafos me hace pensar en lo que estoy escribiendo y en otras lateralidades que se activan (y me desvían) en un nivel difícil de explicar. Me hacen pensar sobre las ideas que estoy desarrollando, sobre cómo se conectan con otras y sobre la forma en que las estoy expresando.

Aquí necesariamente hay un gusto por el control de los comandos, por la selección de las palabras, por la preocupación de que cuanto se escriba represente fielmente aquello que quiero transmitir y por la frustración de que nunca quedaré satisfecho del todo.

En mi experiencia escribir es un no tiempo, una auténtica suspensión de la externalidad mundana. Es un espacio dedicado a la conexión y la creatividad, más allá de resultados y valoraciones. Para quien practica la escritura como si fuera una meditación logrará los mismos beneficios involuntarios de la respiración consciente: estará escribiendo sin estar haciéndolo, en espacios y tiempos impropios de la escritura. Escribo esto y pienso en un libro particularmente bueno de Emmanuel Carrere. 

La escritura es intento, frustración, relectura, descanso. Es, en definitiva, un proceso que no tengo tan claro que se pueda imitar con la inteligencia artificial. 

Las veces que recurrí a la máquina lo hice persiguiendo soluciones rápidas y fáciles, una inmediatez que, debo confesar, me genera ansiedad y cierto temor existencial. Si se me permite: no he logrado experiencias emocionales satisfactorias con el uso de la IA. Al final del día, sigue un patrón, un formato que es capaz de arrojar una cantidad finita de resultados. Sus productos son más o menos parecidos porque produce en serie.

Es predecible. 

(Asumo que todos corremos el riesgo de volvernos tan predecibles como la inteligencia artificial y que seguramente lo seamos para quienes nos observan de forma minuciosa).

Si hablamos de escritura sigo prefiriendo lo artesanal. Preguntarle a cada historia qué es lo que necesita y, en función de ello, cómo se puede contar. Cuál es su forma. Sigo prefiriendo textos con autoría.

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